Desde pequeños nos enseñaron que teníamos que luchar por todo lo que quisiéramos conseguir en la vida. Para tener más dinero, debíamos trabajar más horas. Para tener mejores resultados en la escuela, debíamos estudiar más. La única forma de tener una recompensa era si previamente había un esfuerzo de por medio y este, casi siempre, tenía que venir acompañado de sufrimiento. Y así crecimos pensando que cada éxito en la vida era el resultado de un preámbulo de dolor o lágrimas con el apodo de esfuerzo. Cuando tenemos un ascenso, nos avergüenza decir que este llegó por pura suerte o casualidad. Necesitamos continuar con el patrón aprendido, así que debemos respaldar todo lo que nos sucede con una buena dosis de sudor. Hay que atravesar el campo de espinas para justificar que aun la suerte, fue merecida. Tenemos que desaprender esta insuficiencia y dejar a la vida discurrir con su suerte y sus casualidades. No todo en esta vida tiene que ser sufrido.
