Primero llegaron unas curiosas luces en el cielo tras el anochecer, que sorprendieron a los aficionados a la astronomía; y los más entusiastas con el nuevo fenómeno, provocado por la red de satélites Starlink de Elon Musk, animaron a todos a salir a contemplar el espectáculo de los trenes luminosos que generaban estos artefactos durante su ascensión. Luego vinieron las protestas de los astrónomos, que veían cómo esas luces arruinaban las imágenes de sus telescopios atravesándolas con intensas rayas blancas; entonces, Musk prometió minimizar esos efectos —con mejoras que nunca llegó a aplicar— y animó a los científicos a no limitarse a los observatorios terrestres: tendrían que salir más al espacio. Ahora un estudio de la NASA alerta de que ni siquiera los telescopios espaciales como el Hubble podrán escapar de esa amenaza, la que las constelaciones de satélites suponen para la astronomía.
